Carta para Cristal

Cristal, pequeña mía. Ya ha pasado un mes desde que partiste de Aniledah hacia el reino de Ledram, a través de los peligrosos caminos de las Islas de los Buenos Ayres y los silfos aun no me han traído noticias tuyas. No sé si aun eres una niña o ya te has transformado en una doncella, pero cualquiera sea tu forma actual, confío en que sabrás cuidar de tu Bardo y que ya habrás descubierto que él también puede cuidar de vos si así se lo permites. No te faltará comida a su lado pues el ingenio de los bardos es supremo en ese aspecto y si algún daño recibes en el camino, él sabrá como sanar tu cuerpo y tu alma también. Aquí  en el reino la situación no podría ser más caótica, pero sabes que nuestra Casa siempre ha tomado el caos como una oportunidad para crecer y avanzar a nuevas victorias. La Matriarca Sallyh sigue obstinada en su persecución a los bardos y desgraciadamente, muchos ya han perecido víctimas de su engaño ante las puertas mismas del Templo. Su larga estadía en la Nación esclavista la ha infectado a un nivel que ninguna de las grandes señoras pudimos prever y su golpe ha sido tan inesperado y fatal, que ahora todas las Casas se encuentran confinadas y custodiadas por las guardias rojas para evitar que podamos organizar reuniones y levantar nuestra voz contra tanta injusticia. Espero que si este mensaje te llega, permanezcas fuerte en tus convicciones y no te dejes influenciar por las ideas de odio de las separatistas misándricas. Los portadores siempre han sido como nuestros hijos y el papel de los bardos fue crucial durante la guerra contra las lagartijas y sin sus conjuros el reino hace tiempo habría desaparecido. Cuando el primero de los Bardos acompañó a nuestra Reina Aniledah en los duros años previos a la caída de los patriarcas, la vida era muy dura en la superficie y la poca gente que no se había vuelto demente, vivía confinada en sus hogares presas del terror.  Salvo aquellos pocos gobernados por la sombra que actuaban como títeres para oprimir a la población, nadie sabía realmente en esa época de nuestra prehistoria  en que los varones igualaban en número a las mujeres, que el miedo no era real y había sido implantado. Cuando la Sombra infecta tu miedo y éste crece sin control hasta que te paraliza, deja de cumplir su función de despabilarnos y ponernos alerta ante las amenazas cotidianas y por el contrario, nos empuja hacia la propia destrucción, haciéndonos incapaces de reaccionar y defendernos, nos convierte en seres ligeros de razón que solo pueden ver el vaso medio vacío. Y esa Sombra de miedo hoy parece que ha vuelto a aparecer y ya ha creado grietas enormes que horadan las viejas heridas que creíamos olvidadas y permanecían latentes en nuestra sangre. El  daño que los hombres nos produjeron en la era pasada fue muy grande, hija mía y de la Madre, eso no podemos negarlo. Pero no te confundas, nuestros portadores, nada tienen que ver con esas bestias crueles del pasado; la Madre las transformó en bellas criaturas, totalmente inofensivas e incapaces de dañar a nadie. Ni los bardos más inteligentes tienen esa capacidad de hacer daño. Ellos solo cantan, cocinan cosas ricas y sanan los hogares con sus dulces cuentos; son almas totalmente inocentes. Sus conjuros solo atraen la buena fortuna y crean ese puente único que nos conecta con el mundo de las hadas y los unicornios. Algunos poderosos pueden conjurar el viento o apagar la lluvia pero los bardos de la actualidad, no tienen ese poder para provocar los desastres que la Matriarca les ha adjudicado y así lo tuvieran, no lo usarían jamás en contra de su pueblo y de su reino. Fueron muchos los bardos que perecieron en el terremoto el día de los festejos en la Plaza de la Soldada. Nosotras mismas casi perecimos atrapadas bajo las vigas y rodeadas de esas horribles alimañas que salieron de las profundidades,  te acuerdas? Y fue Olech quien pese a toda su debilidad de portador, nos salvó la vida. Por eso te encomendé a salir del reino en su compañía, no solo por tu transformación de los treinta y tres soles; estamos en deuda con él. Y aunque sigas pequeña, eres más fuerte que ese joven bardo y podrás mantenerlo alejado de los peligros del camino a Ledram. Ten presente también, que si la Matriarca logra su objetivo, quizás él sea el último de su especie y si él también muere, los portales que nos conectan con las criaturas mágicas volverán a cerrarse. Quiero contarte que ya conocía a Olech desde mucho antes, en mi etapa como doncella, antes de obtener la bendición de la Madre y que nacieras vos. Aun recuerdo su rostro inocente y sonrojado cuando  estábamos sentados en el parque y se animó a quitar la máscara. Yo no tuve el valor de hacerlo y quizás por eso nuestros caminos no volvieron a juntarse hasta el día que vino a rescatarnos. Por eso, hija mía, es importante que lo mantengas a salvo. Olech tiene una fuerza y una voluntad que no es propia de un portador, más bien me recuerda a la de los antiguos hombres.    Y ya sé que esa palabra está prohibida por el dogma pero es hora que sepas que todo eso es una superstición. Nombrarlos no va a despertar el mal ellos ni va a conjurar la antigua memoria demencial y asesina. Empezamos a llamarlos portadores por  la peste que arrasó con la mayor parte de ellos. Pero en el fondo, cambiamos sus nombres y sus recuerdos porque les teníamos miedo. Y el miedo lleva al odio, eso te lo enseñaron muy bien en la escuela. Ninguna mujer de la superficie quiso que todo volviera a ser como antes, una vez que reconstruimos su mundo. Respetamos sus temores y las dejamos ser felices y empoderadas y cuando los hombres empezaron a recuperar sus números originales, encontramos muchas maneras de impedir que nos alcanzaran. Pero las misándricas tomaron los caminos más crueles y hoy sus ideas arrasan con los hombres de nuestro propio reino. Confío hija mía que no dejarás que te infecten.  La vieja herida es cosa del pasado, nosotras estamos en el presente y podemos elegir. Ninguna idea de odio, ningún sentimiento de rencor o miedo debe infectar nuestros corazones purificados por el cuerno de los unicornios. Las mujeres de hoy somos muy fuertes, mucho más que los hombres del pasado. Es hora de dejarlos seguir su curso natural. Sea lo que sea en que ellos se conviertan, así se vuelvan agresivos y dementes si sus semillas se les vuelven a subir a sus cabezas, podemos lidiar con ello, no debemos volver a temer, no debemos encerrarnos como hizo la humanidad antigua antes de caer por el peso de su propia locura. No. Somos muy fuertes y juntas con los nuevos hombres, crearemos un mundo mucho mejor que este oscuro escenario que hoy estamos viviendo. Te amo hija mía, que la Madre y Awen guíen vuestros pasos y muy pronto nos volvamos a encontrar en un gran abrazo.

Rifinah de la Casa Celeste

La misión del hada Haboni

Canalizado por María Gimena Przytula

Haboni tiene un vestido verde claro, más largo de un lado que del otro. Su pelo es rojo bordo con dos trenzas, las botas verdes y una carita de elfo, con orejas puntiagudas y hermosa nariz. Sus alas eran cristal transparente que con el sol lucían un hermoso tornasolado. Llevaba un arco y una flecha de poder. Ahí tenía su mayor poder y cuando lo utilizaba, pequeñas estrellas como polvos dorados, volaban en un millón de partículas de luz y consciencia. Era ágil entre las hojas secas del bosque que se encontraba a principios del otoño. Volaba segura y eficaz, nada detiene la velocidad de un hada en una misión importantísima. Tenía el pergamino en su mano derecha, se veía un hermoso papel transparente dónde se Iucían hojas secas en su interior, como las que ella esquivaba. Con letra negra y de tinta, gruesa y se leía con facilidad: confidencial.

Solo así llegaría al castillo. Un viejo castillo que se abría entre los árboles, color blanco viejo. Sus ladrillos estaban pintados de blanco, tenía las puntas de un viejo y decolorado color bordo. Tenían enormes plantas colgando de la base de sus ventanas de madera. Se veía el otoño en los colores del cielo, naranjas, amarillos, que delineaban este antiguo castillo. ¿Quiénes vivían en ese hermosos castillo? Ellos eran hijos de los mejores reyes que tuvo alguna vez Aniledah. En la época donde todo era azul color mar oscuro en la noche, profundo, donde todo el mundo era mágico y reinaba la paz. Ellos eran los reyes de la antigua Atlantis. Haboni tenía in arduo camino. En todo su viaje el tiempo pasaba veloz como una estrella fugaz. Las hojas de los árboles se teñían de todos los colores. Partiendo de un hermoso verde oscuro hasta un naranja, amarillo característico del otoño. Atravesó las montañas con grandes heladas y nevadas del Oriente, veranos intensos donde el sol pegaba en oeste desértico.

Allí estaba ella. La más hermosa delicada de todas las hadas. Podía verse su aura brillante como pequeñas estrellas girando sobre su cuerpo. Su cuerpo de ágil con movimientos lentos y flexibles. Ella era rubia con su pelo largo entrelazado, lleno de pequeñitas flores blancas con un centro naranja pastel. Su largo vestido liviano se lo llevaba el viento y parecía bailar. Su piel blanca y etérea parecía brillar y su suave capa era tan larga que caía al suelo lleno de hojas del otoño. Generaba paz su presencia, mucha luz y profundidad. Traspasaba la línea espacio tiempo y todo parecía detenerse en ese instante. Levemente aparece una sonrisa en su rostro, camina danzando con sus ojos cerrados, moviendo la cabeza hacia un lado y el otro, con estrellas de ambos lados.

Haboni llega a una enorme sala blanca con destellos de sol en las paredes. Había pesadas cortinas atadas con finos hilos de oro formando una bella flor. El piso era frio y translucido. Haboni podía ver su reflejo mientras caminaba por una alfombra que cubría gran parte del flamante piso. Su fin eran los grandes Atlantis, los mejores reyes que alguna vez tuvo Aniledah. Mientras Haboni volaba dulcemente hacia ellos, podía comenzar a distinguir alguna de las características de los bellos reyes. A su izquierda estaba el señor Atlantis sentado en una enorme silla de piedra blanca. Tenía un gran plumaje color gris perlado que mientras caía sobre su delgado cuerpo se tornaba negro. Sus ojos oscuros profundos, su pelo rubio y su media sonrisa, le hizo entender a Haboni que la reconocía, aún desde esa distancia. A su derecha estaba ella, la reina Zhafiro. Su pelo largo y oscuro, sus ojos verdes y una gran capucha color verde profundo caía sobre su vestido blanco. Su enorme sillón era igual al de su Señor y entre ellos había una mesa baja de metal decorada con flores y pequeñas hojas entrelazadas. Arriba tenían siempre tres amuletos u objetos importantes, dependiendo el tema al tratarse en la sala. En este caso, Haboni reconoció una pequeña jaula, una caja de madera hecha mágicamente por uno de sus bardos y una hermosa pluma negra delgada que sobresalía del tintero de cristal. Casi llegando a su lugar en esa alfombra, Haboni deja poco a poco de mover sus increíbles alas de hada y se sienta delante de los reyes.

Marcelo Inver, presenta su libro “Aniledah: El conjuro del bardo” por Silvia Vázquez viernes, 6 de diciembre de 2019

“En un futuro posible diversos sucesos llevaron a la caída de nuestra actual civilización dejando al borde de al extinción a la población de sexo masculino. Nuevas naciones emergieron aisladas del resto y la superpoblación femenina dio origen en las actuales tierras de Buenos Aires a una nueva sociedad matriarcal atravesada en su memoria por las heridas profundas provocadas por los antiguos hombres. En ese contexto, resurge la antigua creencia en Awen, como uno de los tres caminos que puede elegir el varón nacido en Aniledah: ordenarse como Bardo, ser “cazado” como siervo de alguna Señora o adentrarse en el peligroso sendero del Exiliado. Hasta que la nueva Matriarca Sallyh, quien gobierna con mano de hierro, empieza una sangrienta persecución hacia todos ellos, en busca de ajustar los números de sus pobladores. El flamante Bardo Olech, la futura doncella Cristal y el unicornio Barilakis, junto a otros aliados accidentales que se suman en el camino, emprenden un viaje desquiciado hacia el reino de Ledram, en busca de respuestas para salvar al pueblo de Aniledah. Tiene el lector un libro profundo e hilarante en el que convergen el fantasy y una crítica ácida hacia la sociedad actual y las relaciones de género, una multitud de personajes disparatados al estilo de Terry Pratchett y la advertencia de que cualquier parecido con nuestra realidad es pura coincidencia. ¡El conjuro ya ha sido lanzado, los Bardos han sido llamados a despertar nuevamente!Este libro será presentado en Casa de cultura Villa Adelina el próximo 14 de diciembre, a las 18 hs y están todos invitados a acompañarlo al autor que nos contará mucho más acerca de esta maravilla literaria.”
Marcelo nos adelanta un poco sobre el libro:

¿Cómo llegaste a contar estas historias?
Se podría decir que fue escrita en dos etapas. La primera en plena crisis del 2001, como un homenaje a un grupo de amigos con los que celebrábamos tertulias nocturnas donde comíamos picadas y leíamos nuestros propios cuentos hasta que la mayoría se puso en pareja y las reuniones fueron interrumpidas por las obligaciones de las nuevas vidas conyugales . Una segunda, atravesada por la grieta del 2018 entre muchos hombres y mujeres, que se generó a partir de la discusión sobre la ley de aborto y la aparición del lenguaje inclusivo. Esos dos escenarios fueron enlazados por un ejercicio de escritura de canalización que emplea el método de sanación de los antiguos bardos, quienes curaban a través de la palabra escrita y la narración de cuentos que componían sobre aquellas personas o viviendas enfermas que debían tratar.
¿La mayoría de los nombres están escritos de forma inversa, es solo por no nombrar lugares o personas o por algo en particular?
La historia de Aniledah transcurre en un mundo paralelo donde muchas cosas se encuentran de forma invertida y esto se manifiesta con más claridad en los nombres invertidos, aunque la razón de esa inversión guarda relación con muchos secretos que irán siendo revelados en futuras entregas de la saga. La H se utiliza para conectar su dimensión con la nuestra. El relato transcurre en un futuro alternativo que se separó en algún momento de nuestra propia línea temporal.
¿Qué fue lo más difícil de escribir de este libro?
Armar el rompecabezas de una historia contada desde distintos puntos de vista, con explicaciones que muchas veces se contradicen o son informaciones parciales y subjetivas de cada personaje. Nadie conoce con exactitud el pasado de Aniledah y muchos recuerdos son vagos y están manipulados por falsas leyendas o ideologías.
¿Sigue con una saga o termina aquí la historia?
Aniledah es un universo en expansión y como la vida misma, no tiene fin y trasciende al autor.
¿Cuál es tu personaje favorito? Podrías describirlo?
Sería injusto hacer referencia a uno solo, porque este universo se formó sobre dos pilares: Aniledah y Hawen.
Aniledah en nuestro mundo se manifestó en el pasado de como la Princesa Adelina, hija de uno de los fundadores de Villa Adelina y la primera princesa nacida en nuestro país, muchas décadas antes de que Máxima Zorriagueta se convirtiera en Princesa de Holanda. Asimismo, muchos creen que la localidad tomo su nombre a partir de esta princesa Adelina pero en realidad, ya era conocido con ese nombre desde mucho tiempo atrás, al parecer desde la época de la fundación de Buenos Aires, porque así también se llamaba la mujer del posadero de la pulpería que funcionaba en estas tierras desde que Juan de Garay dividiera las tierras entre los suyos.  Es probable, que si nos remontamos a una época aún más antigua, Adelina siga existiendo como tal, ya que la verdadera ciudad en esta parte del mundo tiene orígenes muy antiguos y sus memorias siguen resonando en estas tierras para aquel que las sepa escuchar…
Hawen, el príncipe monstruoso, primero de los bardos de nuestras tierras y principal aliado de la Reina Aniledah, es quien invoca a los unicornios y abre el portal que conecta el mundo de las criaturas mágicas con el nuestro y quien más tarde, junto al lemuriano Lhemar, funda la Escuela de Bardos para darle un propósito y ayudar a sanar a los últimos hombres de estas tierras que habían perdido su identidad.
¿Te gustaría que alguien tome tu libro para una película?
Cuando veo tanta infinidad de películas y series que repiten las mismas fórmulas y cuya mayor virtud es producirte sueño, pienso que Aniledah se merece esa oportunidad, me la imagino más como una serie de Netflix u otra plataforma así.
Acerca del autor
¿Cuá es tu lugar preferido para escribir?

Cualquiera donde pueda estar “en patas” y sentirme relajado.
¿Qué hay tuyo o no hay, acerca de la relación realidad/ficción?
Está todo mezclado, hay muchos elementos de mi inconsciente que usé como piezas de rompecabezas o ladrillos lego para formar escenarios que reproducen la realidad desde otra óptica. Muchos personajes reflejan distintas épocas o búsquedas de mí mismo.
¿Cómo fueron tus comienzos en escritura?
A los seis años, cuando empecé a combinar palabras con imágenes.
¿Existe un horario propicio para ponerte a componer y escribir o cualquier momento del día es ideal?
La noche es el momento ideal y amanecer perdiendo el sentido del tiempo es una sensacion fabulosa.
¿Tu otra actividad profesional está relacionada de alguna manera con el libro?
No. ¿Qué autor recomendarías leer? ¿Cuál es tu preferido?
Locales, mis clásicos imprescindibles son Adolfo Bioy Casares, Borges, Manuel Mujica Láinez, Arlt, Cortázar. Internacionales: Lovecraft, Tolkien, Stephen King, C.S. Lewis, Huxley, Orwell,  Oscar Wilde.
Responder con respuestas cortas:
Un lugar que te gustaría conocer: Cualquier país nórdico. Una palabra que te lleva a tu infancia: historietas Una frase que repetís a diario: Lo siento, perdón, te amo, gracias. Un libro que recuerdes con cariño: Dailan Kifki, de María Elena Walsh Si tuvieras que elegir un personaje de ficción o algún músico con quien poder sentarte a charlar un rato, a quien elegirías?: Aslan! – Real: Alejandro Dolina, es un creador que sabe añadirle mistica a lo cotidiano y sacar poesia de donde otros extran realismo crudo.
Gracias Marcelo, impecables respuestas.
©Silvia Vázquez

Ratatitah y el budín de oro

Ratatitah venía caminando como todas las tardes desde el Sur de Abac  en dirección al Hospital de Pombiroh donde asistía al taller de control de emociones de criaturas remanentes del mundo mágico, cuando tuvo la fortuna de cruzarse con un Bardo aniledense que viajaba en la grupa de una yegua majestuosa que cabalgaba su Guardia Rosa. Rara vez se veían Bardos fuera de Aniledah, pero en Abac, eran reconocidos por su generosidad y abundancia y para Ratatitah aquello era un claro signo de esperanza para su estómago siempre demandante. Rápidamente salió al paso de los forasteros y la guardia rosa desenvainó sorprendida su espada pero relajó su rostro al ver que aquello que se interponía en el camino no era una rata gigante ni nada que mereciera el frío de su acero.

-Dishculpe, sheñora roshita. ¿Puedo hablar con shu bardito un ratito?

La guardia rosa permaneció en silencio unos instantes y giró su cuello para encontrarse con la mirada del Bardo, que se bajó la capucha y sonriente respondió:

-¿En qué puede servirte este humilde bardo, pequeña criatura? ¿Sos una rata parlante o algo así?

-Algo ashí, mi nombre esh Ratatitah. Tengo musha hambre y no como deshde anoche. Me dijeron que losh bardosh shon muy generosos. ¿Me comprásh un shangushito en la tiendita que eshtá allá en la eshquina? –respondió sin ningún decoro ni vergüenza alguna en sus labios.

-Me temo que no tengo monedas para intercambiar en Abac, pero puedo componerte un lindo bardo para engañar a tu estómago por unas horas… -ofreció el Bardo.

-Mi panshita esh muy ashtuta y no she deja engañar con cuentitosh. ¡Dame al menosh algo para calmar mi dolor que tengash en esa enorme bolsha que llevash!

El Bardo se quedó pensativo unos segundos y luego exclamó con una sonrisa:

-¡Tengo un budín que me regaló una buena Señora! ¿Te gusta el budín? A ver, está en el fondo, espera. –agregó mientras revolvía en su bolso, sin notar el brillo demencial que se apoderó del rostro de Ratatitah, que por sobre todas las cosas de este mundo, el budín era su tesoro más apreciado. La guardia rosa notó ese cambio en su energía y sujetó con más fuerza la empuñadura de su espada.

-¡Tomá, acá ten…! –no llegó a decir el Bardo que Ratatitah ya había saltado sobre el budín y casi muerde la mano de su benefactor al hincarle los dientes al budín.

La guardia rosa le dio un revés con su mano enguantada y Ratatitah cayó a un costado del camino sin soltar ni dejar de comer el budín en ningún momento. Sólo cuando se lo devoró totalmente, se llevó la mano a su mejilla morada y dio un respingo de dolor.

-¡Veo que te gusta mucho el budín! Perdona a mi guardia, ella no deja que nadie me toque un solo pelo sin antes otorgarle el permiso–dijo el Bardo.

-¿Tenésh másh? –solo respondió Ratatitah mientras se llevaba una miga que había encontrado a su boca.

-No tengo más. Lo siento. ¡Pero te voy a dar una noticia que te va a alegrar el día! 

-¿Qué notishia? –preguntó con desconfianza Ratatitah.

-La semana que viene hay un concurso de ingesta de budines en la plaza de Aniledah, aquél que coma más budines en diez minutos, se ganará el Budín de Oro del gremio de los panaderos y los participantes portadores que vienen de afuera podrán aspirar a una vacante dentro de los muros. ¡Imagináte la cantidad de budines que podrías comprar con ese premio!

-¿Y puedo comer todosh los budinshitos que yo quiera?

-¡Y qué budines! Este que te mandaste recién parece un bizcochito en comparación!

-¿Cuándo vamosh? –respondió Ratatitah visiblemente conmovido.

-Dentro de una semana esperáme en este mismo camino y a mi regreso vamos juntos, yo te haré entrar en Aniledah y ahí mismo podrás anotarte.

La espera durante toda esa semana se hizo eterna para Ratatitah. En el taller de control de emociones, nunca había estado tan disperso pues toda su pequeña mente estaba enfocada en ese maravilloso concurso de budines impensado. El sátiro llamó su atención una y otra vez pero apenas conseguían que les prestara un poco de atención, cuando terminaba el taller y repartían las galletitas y bizcochos por los cuales  Ratatitah recorría a pie tan largo camino todos los días hacia el Hospital de Pombiroh. Hasta el ogro Balter que siempre le pegaba una zurra por sus intervenciones desafortunadas y su mendicaje desaforado, estaba sorprendido por lo ausente que su compañero estaba esos días. Y finalmente llegó el día y ya desde el alba Ratatitah estaba en el camino pactado. Cuando vio llegar al Bardo tomado de la cintura de su Guardia Rosa montados en la hermosa yegua, sus ojos se llenaron de lágrimas y su estómago empezó a sacudirse de emoción.

-¡Te has acordado! No creo que a nuestra yegua le incomode un pasajero de tu tamaño, debes pesar menos que un niño, ven, acomódate entre mi guardia y yo así no te nos caes cuando empecemos a cabalgar más rápido.  Ratatitah se trepó torpemente agarrándose de la capa de la guardia rosa y cuando finalmente quedó en medio de los dos, la yegua empezó a trotar ya sin pausa directo hacia Aniledah. El Bardo pronto lamentó quedar detrás de la maloliente criatura pero tomó aquello como una prueba de carácter y distrajo su malestar durante el resto del viaje pensando en composiciones bardos de perfume para futuras y desagradables ocasiones como aquella que estaba padeciendo junto al hediondo Ratatitah.

  La llegada a Aniledah coincidió con la puesta de sol poco antes de que los loboferinos salieran a la superficie del Bosque de Eucaliptus. El Bardo se relajó apenas lo atravesaron porque sabía que los loboferinos no atacan a los Bardos que salen con Guardias Rosas, pero no sabía lo que podía ocurrirle a su invitado de haberse cruzado con una de estas fieras infernales.

Apenas cruzaron las gigantescas puertas, la ciudad comenzaba a iluminarse con sus hermosos árboles de gemas resplandecientes. Muchas  madres, niñas y doncellas iban de aquí para allá, y no pocas Señoras cargando pesadas bolsas con productos del mercado iban junto a sus Siervos que caminaban alegremente a su lado y a veces las ayudaban llevando algún peso menor. Algunos pocos portadores jovencitos iban sueltos y correteando de aquí para allá y también muchas criaturas parlantes conversaban entre sí o pegaban saltos y revoloteaban de aquí para allá, todos en un clima festivo propio de la hora, pues una vez entrada la noche,  los aniledenses se disfrazaban y cubrían sus rostros con máscaras andróginas, para integrarse mujeres y portadores como una única humanidad, la legendaria Nación de la Noche Lunar.

Salvo un par de guardias matriarquinas que interrogaron ligeramente a la guardia rosa apenas cruzaron las puertas del reino, nadie parecía fijar su atención en Ratatitah, que miraba en todas direcciones, indiferente al esplendor del reino que acababa de conocer en persona, pero alerta a todos los olores y con sus ojos ávidos por encontrar el lugar donde se celebraría el concurso de budines.

Cuando descabalgaron, el Bardo se despidió de la guardia rosa y llamó a un perro golden parlante que pasaba casualmente por allí.

-¡Hola perrombre! Vos que tenés buen olfato, podrías acompañar a mi amigo a donde está lo del concurso de budines? Me hubiese gustado llevarlo yo mismo pero tengo que reportarme urgente en la Torre Redah.

-¡Guau! –respondió sonriendo el golden. ¿Tu amigo es una rata parlante? ¿No tendré problemas con la Cofradía Felina, no?

-¡La cola que tiene es de fantasía, es más humano que yo! –respondió riéndose el Bardo.

-¡Yo no shoy humano! –protestó Ratatitah.

-¿Y qué sos entonces, guau? –le preguntó el golden.

-¡Y yo qué shé! ¿Dónde están los budinshitosh?

-¡Por acá, seguíme, guau! –y Ratatitah salió corriendo detrás del perrombre sin siquiera volver la mirada para despedirse del Bardo que se había quedado con la mano en alto intentando saludarlo y desearle suerte en el concurso.

La tienda donde se desarrollaba el concurso era una carpa inmensa de color naranja y toda iluminada en su interior. Había una larga fila donde iban inscribiéndose todos los participantes. Entre ellos había portadores, niñas, doncellas y muchas criaturas parlantes, desde palomas gigantes hasta chanchumanos que olían tan fuerte como Ratatitah. Detrás de la carpa, había una improvisada cocina con un gigantesco horno de barro del cual iban saliendo docenas de budines calentitos y espumosos. Al llegar a la cocina, Ratatitah inspiró fuertemente exigiendo al máximo sus pulmones y cerró por unos instantes sus ojos. Aquello era el paraíso. Sus ojos se llenaron de lágrimas y sus piernas comenzaron a temblar. Sentía que su corazón quería salirse de su pecho y por primera vez en su vida sintió algo parecido al agradecimiento desde que fuera abandonado en Abac por su madre de Misandría.

Un coro de aves parlantes dio inicio al concurso. Primero habría una ronda de eliminación. Aquél que no pudiera comerse un budín en menos de un minuto y sin beber ni un sorbo de agua sería inmediatamente descalificado. Muchas niñas abandonaron el concurso en esa instancia, visiblemente indignadas. Los chanchumanos también fueron descalificados porque destrozaron más budín de lo que tragaban. Las palomas gigantes también fueron descalificadas porque solo picoteaban los budines y llenaban la mesa de migas. Sólo una decena de participantes pasó al a siguiente ronda y Ratatitah estaba entre ellos, no tuvo problemas para superar la prueba de eliminación, pero casi fue descalificado debido a que algunos participantes lo acusaron de haber usado magia para desaparecer su budín y fingir que se lo había comido. Porque en efecto, el budín de su plato desapareció tan pronto como se lo sirvieron y tan rápido se lo comió que nadie llegó a verlo, ni siquiera una miga había dejado. Pero para su fortuna, uno de los jueces logró encontrar un rastro infinitesimal de budín colgando de la baba de la comisura de sus labios mientras se relamía la boca así que lo dejaron pasar a la siguiente ronda.  De todos modos, Ratatitah no aparentaba estar muy feliz ni satisfecho por haber pasado la eliminación. Se lo veía inquieto y desorientado y miraba con ojos ávidos a su alrededor como buscando algo con notoria ansiedad hasta que un Siervo de la Casa de una de las Señoras más importantes, se subió a un palco para anunciar un cuarto intermedio a fin de preparar la siguiente ronda de budines y brindarles a los concursantes un lapso de tiempo prudencial para recuperarse.  Ratatitah pegó entonces un salto de su silla y fue directo a los platos de los chanchumanos y las palomazas y limpió con su lengua todos los restos que habían dejado en los platos. La gente lo miraba con rareza y una rata gigante parlante vestido con una elegante corbata azul y una gorra de arpillera, se acercó hacia él disimuladamente y le dijo:

 -¡No te comportesh como una rata o van a creer que shosh uno de nosotrosh y te van a echar del concursho!

-¡No, no! ¡Sho no shoy una rata! –exclamó Ratatitah llevándose una mano al pecho y otra al estómago.

-¡Pero te pareshesh musho y sha te estaban mirando raro!

-¡Pero shi todas lash criaturas parlantes partishipan!  ¿Qué importa shi me confunden con uno de ushtedesh? ¡Sho me crié en lash alcantarillash y lo primero que aprendí a deshir fue “shiii, shiiiii”!

-Esh que nadie quiere a las ratash… She las tolera porque el Bardo de las leyendas tenía una y fue asheshinada por las aniledenshes y deshde entonshes eshtá prohibido matarnos. Pero no nosh dejan partishipar de los concurshos porque shomosh mushas y nosh comemosh todo.

-¡Pobreshitash! ¿Y por qué todos los otros partishipantes van al baño?   -dijo entonces Ratatitah mirando con desconfianza la larga fila haciendo cola para entrar a los baños públicos de la plaza.

-¡Porque shon unosh herjesh! ¡Van a vomitar losh budinesh para poder comer más en la prueba prinshipal!

-¡No! ¡Cómo van a vomitar losh budinshitos!

-Shí, ashí hashen. Pero lash ratash shomos muy listash y nosh ponemosh debajo de lash letrinas y nosh robamosh todo lo que ellosh deshperdishian. ¿Querésh venir conmigo a comernosh todo?

-¡Shí, shí, shí! –exclamó entusiasmado Ratatitah y apenas la rata parlante saltó hacia un agujero en la tierra, él se tiró de palomita detrás de ella y la siguió a la carrera hacia los túneles que se encontraban  debajo de los baños públicos.

Una vez bajo la superficie, Ratatitah se encontró sumido en total oscuridad pero como gran parte de su infancia la había vivido en las alcantarillas de Abac, rápidamente se fue orientando con su olfato y pronto se encontró con miríadas de pequeños ojos brillantes que levantaron unos instantes sus miradas hacia él y luego siguieron comiendo lo que arrojaban los concursantes por las letrinas. Pero tras un largo rato ingiriendo alimentos de dudosa procedencia y contextura, su pequeña luz de humanidad lo hizo recuperar la razón y al ver que la rata parlante que lo había invitado a aquél bizarro banquete hace rato que había desaparecido, se dio cuenta que había caído en una trampa y estaba a punto de perder el concurso.

Rápidamente empezó a correr por los túneles buscando la salida mientras las ratas parlantes parecían cruzarse en su camino una y otra vez para lograr desorientarlo. Finalmente encontró la salida y fue corriendo con prisa hacia la carpa donde se ya se habían retomado el concurso. Una guardia aniledense le franqueó el paso.

-¡Dejame pashar, shoy un partishipante! –gritó Ratatitah.

-¿A quién le hablas en ese tono rata portadora?

-¡No shoy una rata, shoy Ratatitah! ¡Dejame pashar!  ¡Sha empesharon! -insistió. Pero a cambio solo recibió un golpe en la cabeza con la lanza de la guardia.

-¡Vete de aquí rata inmunda! No intentes engañarme, yo misma acompañé a ese portador alfeñique llamado Ratatitah! ¡Vete a hacer tus trampas a otro lado y deja a la gente participar en paz!

Antes de retirarse resignado, Ratatitah estiró el pescuezo y pudo llegar a ver a alguien que lucía y vestía prácticamente igual que él y que estaba  cobrando ventaja sobre los demás concursantes; ya había vaciado media docena de platos. Y entonces empezó a sentir frío en su cuerpo y descubrió que se encontraba todo sucio y desnudo y solo una corbata azul y una gorra de arpillera cubrían su cuerpo, aquella rata parlante hartera había ocupado su lugar. Pero él era Ratatitah y tratándose de budinshitos, sólo él era digno del premio mayor.

Al otro día se despertó sonriendo debajo de un eucaliptus fuera de los muros de Aniledah. Había soñado que la que la carpa donde se celebraba el concurso se había prendido fuego y que en el apuro, la rata tramposa corrió a refugiarse dentro del horno de budines y terminó rostizada y con una rica tonalidad a budín de vainilla con almendras que aún podía sentir cuando eructaba. Pero su estómago empezó a hacer ruido y su olfato se puso alerta. Faltaban pocas horas para que finalizara el taller de control de emociones donde el sátiro repartía los clásicos budincitos y la distancia hasta Abac, la ciudad donde se encontraba el Hospital Pombiroh, era enorme. Pero enseguida se relajó, aquello ya poco importaba, su almohada tenía la forma de un budín enorme y tenía el color majestuoso del oro. Dicen que un loriano lo observó un largo rato hincándole sus dos únicos dientes en vano, hasta que se dio por vencido y maldiciendo su suerte, arrojó aquél premio al arroyo Lenuth y empezó a correr sin pausa en dirección a Abac.   

El príncipe gato y la batalla contra el espectro de los sueños

EL PRINCIPE GATO ANITOH – CAPITULO II

LA BATALLA CONTRA EL ESPECTRO DE LOS SUEÑOS.

Anito -Miau, miau, miau, miau, miauuu. –dijo la gata blanca de los ojos de dos colores.
-¿De verdad, miau? –preguntó Anitoh.
-¡Miau! –le respondió poniendo énfasis en la “i”.
-Bueno, Blaquih, esperemos que llegue la gata loca. ¡Miau, ahí viene, justo, miau!
La gata loca no tenía nombre, pero se había ganado ese apodo por su manía de dormir debajo de los carros, sobre el sucio empedrado en vez de aprovechar las comodidades del hogar de su compañera humana. Llegó más sucia que nunca y el barro opacaba sus colores blanco y naranja.
-¡Llegaste a tiempo, Blaqui nos avisó que hay un ser espantoso de casi tres metros de altura que se instaló en la casa de su humano holgazán, miau!
-¿Ya lo infectó? –preguntó la gata loca.
-Así parece, se la pasa durmiendo, no tiene fuerzas para levantarse. Nuestra amiga silvestre intentó espantarlo pero es muy fuerte y está empezando a enfermarla a ella. ¿No es cierto, Blaqui?
-Miau… -respondió la gata blanca impotente.
-Miau, que valiente, menos mal que vino a pedirnos ayuda, eso no es trabajo para un solo gato, mucho menos para uno común, miau.
-Bueno, vayamos a su casa y echemos a dormir ahí cerca de su humano.
Cuando llegaron a la vivienda de Blaqui, un frío gélido atravesó a todos los gatos y se les erizaron los pelos al unísono. El humano estaba hojeando un libro y Blaqui saltó hacia su pecho.
-¡Mi querida gatita, has regresado! Pensé que me habías abandonado o te había pasado algo. –dijo enternecidamente y ella empezó a ronronear. -¿Y esos dos? ¿Trajiste nuevos amigos?
-¡Hola humano! ¿Cómo te llamas? –preguntó Anitoh haciendo una gentil reverencia.
-Mi nombre es Pilef, ¿en qué puedo servirlos?
-¡Mucho gusto, Pilef! Mi nombre es Anitoh y la otra gata se llama la gata loca. Vinimos a visitarte porque Blaqui nos pidió ayuda, dice que estás muy enfermo. ¿Hace mucho tiempo estás así en cama, miau?
-Hace cuatro o cinco lunas, ya he perdido la noción del tiempo. Y hace varios días que ya ni pruebo un bocado.
-¿No has pedido ayuda a ningún Bardo?
-Trabajo en la Casa de una guardia roja, no quiero que ella tenga problemas con la Matriarca…
-Ya veo, miau… En fin, parece que tienes un huésped muy indeseable pero no logramos verlo. Si nos das permiso, dormiremos contigo y te acompañaremos en tu sueño y veremos qué podemos hacer, miau…
-¡Muchas gracias noble felino! Ya mismo pensaba seguir durmiendo, así que acomódense sobre la cama que hay lugar para todos…
Pronto Pilef quedó dormido y su consciencia abandonó su cuerpo y se trasladó a su piel onírica. Allí ya estaban esperándolo Anitoh, Blaqui y la gata loca. El cuarto en el espacio de los sueños era idéntico al del mundo visible pero un poco más amplio y sombrío. Al ver a los tres felinos, se mostró un poco confundido. Anitoh saltó sobre su pecho y lo escupió como pudo en su rostro y mirándolo fijamente le dijo:
-Respira hondo, concéntrate en mis ojos, no te vayas a despertar, necesitamos que nos guíes.
Cuando el humano tomó consciencia de estar soñando, sintió enorme alivio al verse rodeado de tan buena compañía. Blaqui se veía más desaliñada que en su forma visible y parecía estar lastimada.
-¡Blaqui! ¿Qué te ha pasado? ¿Estás herida?
-¡Amado hermanito, no te preocupes por mí, desde ahora ya no lucharemos solos!
-¡Hablas como un gato parlante! ¡Qué emoción!
-¡Claro, miau! En este mundo todos los gatos podemos hablar, pero eso antes era un secreto y su recuerdo no podía pasar a tu mundo. ¡Pero estando en medio de dos gatos parlantes aniledenses, qué más da! –le respondió Blaqui simulando una pequeña y sonora risa.
-¡Miau, vamos ya mismo a buscar a ese intruso antes que tu humano se siga emocionando y despierte! –advirtió la gata loca.
-¿Tienes idea donde podemos encontrarlo? –preguntó Anitoh.
-A veces viene aquí mismo y salta sobre mi cuerpo y trata de estrangularme… -dijo Pilef con pesadumbre.
-¿De veras? –dijo la gata loca alarmada. -¡Eso no es un simple fantasma! ¡Ahora veo porqué Blaqui está en ese estado calamitoso!
-¡Miau! –exclamó Anitoh.
-¿Tan grave es? –preguntó Pilef preocupado.
-No te asustes, esto no es nada para un príncipe de los gatos… -respondió Anitoh sin poder disimular su incomodidad.
El humano se levantó entonces de la cama y fue caminando somnoliento fuera de su dormitorio. Empezó a dar vueltas sin tumbo hasta que se paró frente a una puerta vieja con la pintura descascarada. Se quedó allí parado unos instantes sin decir nada y luego abrió el picaporte. La oscuridad que se coló a través de la puerta bajó la temperatura bruscamente.
-Ya se ha dormido de nuevo… -dijo Blaqui. –Aquí es donde empieza a descender escaleras y se mete donde no hay que meterse… -suspiró.
-Este lugar es horrible, miau. ¿Es prudente que bajemos con él? –preguntó la gata loca con temor.
-Yo nunca lo dejaré ahí solito… -dijo Blaqui suspirando.
-Vamos, ustedes quédense detrás de mí… –dijo Anitoh respirando hondo.
Siguieron entonces a Pilef peldaños abajo y pronto se encontraron en una habitación enorme llena de humanos andrajosos y enfermos. La mayoría estaba echada sin más sobre el suelo húmedo, otros estaban sentados y balanceando sus cabezas y unos pocos iban de pie, cabizbajos, perdidos en sí mismos. Ninguno pareció notar la presencia de Pilef o los gatos. La gata loca se estremeció al presenciar tanta desdicha y se puso lo más pegada que podía al lado del príncipe gato. Blaqui avanzaba con resignación, ya conocía ese lugar de antes y sabía lo que la esperaba más adelante. Pilef entró entonces un salón mucho más grande y en el camino se cruzaron con tres gigantes vestidos con casacas de antiguos soldados coloniales pre aniledenses. Ninguno de ellos tampoco pareció prestarles atención. Finalmente, un fantasma demacrado con un delantal amarillento de médico se acercó hacia Pilef y le dijo:
-¡Se ha escapado de nuevo! Ten la horquilla, vamos a buscarlo.
-¿A dónde está?
-En el sótano inundado, sígueme…
Pilef siguió al anciano sujetando con firmeza la horquilla y los gatos los siguieron sigilosamente sin interrumpirlos.
-¿Conoces el lugar a dónde vamos? –preguntó Anitoh a Blaqui.
-Sí, miau… Hay que bajar con cuidado una escalerita de madera toda podrida. Por la mitad hay un descanso y allí siempre brota una bruja anciana que sólo se le ve de la cintura para arriba. No es peligrosa, pero el fantasma siempre la pisotea para poder avanzar. Más abajo hay como un río subterráneo de aguas pestilentes… No se les ocurra meterse allí porque de ese lugar no se vuelve, miua…
-¡Estoy loca pero no tanto como para lanzarme al agua de ningún tipo! –dijo la gata loca.
Pilef llegó hasta el descanso de la angosta escalera y tal como anticipara Blaqui, una forma espectral comenzó a brotar de la madera podrida y la forma de una anciana bruja se materializó hasta la cintura y empezó a achillar y agitar sus brazos. Pilef se detuvo y el fantasma que lo guiaba, mirándola con fastidio, la pisó varias veces hasta que volvió a hundirse y desaparecer.
-¡No tienes que estar aquí, vieja! Vamos, ya casi llegamos. –dijo el médico fantasma.
Al terminarse la escalera, un gran río de aguas negras y pestilentes se reveló bajo un gran techo de maderas oscuras y pegajosas de donde colgaban pequeñas farolas que apenas iluminaban el espacio. Pequeños grupos de fantasmas esperaban su turno al borde del estrecho camino, para subirse a unos pequeños botes que una vez que completaban su cupo, avanzaban unos metros antes de hundirse y perderse bajo las aguas con todos sus ocupantes.
-¡Miau! ¿Qué es eso? ¿Por qué se suben a esas canoas? ¡Están todos más locos que yo!
-Pilef varias veces quiso subirse a uno de esos y cada vez que lo intenta yo lo detengo, miau, pero el hombre alto es muy fuerte y ya no tengo más fuerzas para luchar contra él, miau.
-¿El hombre alto? ¿Ese es el que se sube sobre tu humano? –preguntó Anitoh.
-Ese mismo, miau, allá está…
De repente a lo lejos una forma ocre se fue haciendo visible. Era inmensa y sus ojos eran dos cuencas vacías que aun así parecían clavar su mirada en los gatos. El espectro gigante sabía que el humano dormía y su horquilla no representaba ninguna amenaza. En cuanto al médico fantasma, era una cáscara vacía.
Pilef se acercó al ente y le apuntó con la horquilla directamente hacia el cuello pero el gigante rápidamente con una de sus manos largas y huesudas se la quitó de encima y con la otra rodeó el cuello de su víctima y lo elevó en el aire, suspendiendo su cuerpo sobre las aguas negras. La gata blanca sin pensarlo saltó sobre el espectro gigante y se aferró con todas sus pequeñas garras a la espantosa cabeza e hincó sus dientecitos sobre su mollera.
-¡Miau, está más loca que yo! –gritó la gata loca.
-¡Acá todos están más locos que vos! ¿Recién te das cuenta?
-¡Yo no sé por qué todos dicen que estoy loca, pero ésta me supera!
Mientras la gata loca y Anitoh se debatían, el espectro sacudió su cabeza y como Blaqui no se soltaba, la tomó por la cola violentamente con la intención de arrojarla sobre las aguas del río de los muertos. Anitoh le adivinó la intención a tiempo y corrió hacia sus pies y le mordió uno de los tobillos. La gata loca hizo lo mismo con el otro.
-¡Es muy fuerte! ¡Y muy amargo! –chilló la gata loca desesperada.
-¡Mirá, miau! ¡Pilef se soltó y está subiéndose a un bote! ¡Hay que despertarlo antes que se sumerja! –gritó Anitoh.
-¡Blaqui ya se nos adelantó, miau! –advirtió la gata loca al mirar hacia arriba.
Blaqui abrió sus ojos rápidamente y pudo ver claramente la sombra sentada sobre el pecho de Pilef. Se lanzó sobre ella pero su cuerpo la atravesaba, así que fue hacia su humano y le arañó la frente para hacerlo despertar a tiempo. Pero Pilef no reaccionaba. Pronto despertaron Anitoh y la gata loca pero por más que maullaban y trataban de espantar a la sombra espectral, ésta no se levantaba y seguía oprimiendo la respiración de Pilef. Los gatos observaban impotentes cómo se le escurría la vida. Y de repente, cuando el final parecía inevitable, una figura humana cubierta con una capucha azul se asomó por la ventana.
-¡A…nitoh! ¿Estás acá? ¡A…nitoh! ¡La comida está lista! ¿Dónde te metiste, gato vago?
Los tres gatos se dieron vuelta y vieron con sorpresa el rostro del estudiante Olech. “¡Miaaauuu! –maullaron todos a la vez y Olech se dio cuenta que sus amigos estaban en apuros. Rápidamente trepó por la ventana y pudo ver el terrible escenario. Un portador aniledense se estaba muriendo por causas sobrenaturales. Apoyó sus manos sobre el cuerpo agonizante y se puso a cantar y recitar palabras sagradas pero Pilef no reaccionaba.
-¡Es un demonio! ¡No vas a poder sanarlo mientras no lo saques de su cuerpo, miau! –le instó Anitoh.
-¡Uy, todavía no soy Bardo, yo no sé cómo sacar esas cosas!
-¡Se murió! ¡Se murió! –gritó desesperada la gata blanca.
-¿Blaqui habló en lengua humana? –preguntó sorprendida la gata loca.
¡Espera, aun respira! –dijo Anitoh. ¡Pero no le queda mucho, no hay tiempo para llamar a un Bardo!
-¡Por Awen! ¡No sé que hacer! –dijo Olech desesperado.
-¡Conjura un ángel! –gritó Blaqui.
-¿Un ángel? –preguntó el estudiante desconcertado.
-¡Los humanos antiguos los invocaban cuando estaban en apuros! ¡No me preguntes cómo lauchas lo sé, pero llama uno ya!
-¿Y cómo lo hago?
-¡Pronuncia su nombre! –le explicó la gata loca.
-¡Pero yo no conozco a ninguno!
-¿Cómo que no? ¡Y quién te cuida todas las noches mientras duermes y te protegía cuando eras un niño? –preguntó Anitoh.
-¡Ah! ¿Los guías de luz? ¿Las lucecitas simpáticas? ¿Pero esas cosas tan pequeñitas podrán combatir esta cosa? ¿No terminarán dañadas?
Anitoh miró serio a Olech y sin decir más nada le dio un fuerte cabezazo con su pequeño cráneo. De repente Olech sintió emerger un recuerdo de su linaje a través de la sangre y un nombre le vino a su conciencia.
-¡Mi!
-¿Mi…au? –preguntaron los tres gatos a la vez.
-¡Mijael! ¿Quién es cómo ella?
Y pronunciado aquél extraño nombre, una luz cegadora dulce al mismo tiempo iluminó por un fugaz instante la habitación en penumbras. Fue apenas un destello pero la claridad encendió todos los corazones allí presentes y en ese momento Pilef exhaló un fuerte suspiro y abrió los ojos.
-¿Quién era esa bella mujer sonriente? ¿O era un portador?
-¿Quién? –preguntaron los tres gatos y Olech miró a su alrededor si notar nada nuevo.
-¡El ser ese hermoso de luz que estaba al pie de la cama! ¡Y que echó un polvito de estrellas sobre la sombra que me estaba ahogando! ¿No la vieron? ¡Era como un hada gigante!
-¡Miau, no vimos nada! –dijo Blaqui.
-¡Has hablado! –dijo con gran emoción Pilef.
-¡Las malas influencias! –dijo la gata loca. Anitoh la miró confundido y entonces todos se rieron y suspiraron con gran alivio. La presencia maligna se había ido para siempre.

RECUERDOS DEL REINADO DE ANILEDAH. Diálogo entre Aniledah y Lehmar el lemuriano sobre la vejez y la muerte. M.L. Inver

—¿Por qué han envejecido? ¿Por qué están volviendo a morir? ¿Acaso no los sanamos y les dimos todo nuestro amor?—preguntaba afligida una y otra vez Aniledah.

—Ya te lo hemos dicho, la gente de la superficie rara vez si alcanza los ciento veinte años. —respondió el lemuriano.

—¿Pero por qué? ¿Qué diferencia hay entre ellos y nosotros? ¿Dónde está escrito que deban envejecer y morir? ¿En su sangre?

—No hay nada programado en su sangre con esa función, las especies inteligentes controlan sus cuerpos y eligen cuando cambiar sus formas, nadie muere naturalmente ni mucho menos envejece de ese modo tan horroroso.

—¿Entonces por qué? ¿Por qué, Lehmar?

 —Es algo que se originó después de la caída de mi civilización, después del diluvio universal. Está en sus memorias.

 —¿Es como un trauma? ¿Algo como la Vieja Herida de las mujeres de la superficie? ¿Un implante de las lagartijas?

—No lo sé… Sólo puedo decirte que es como un mal recuerdo, una antimagia muy poderosa…

—No te entiendo…

—Desde que nacen en este mundo, ellos son testigos de la decadencia y muerte a su alrededor. Se les enseña que nadie vive para siempre, que todos tarde o temprano deben pasar por el envejecimiento y finalmente rendirse ante la muerte. Por eso los jóvenes suelen odiar a los viejos. No solo porque les muestran algo que no quieren asumir hasta que entran en esa etapa, sino porque los ancianos reproducen y sostienen esa realidad generación tras generación. Y a medida que la gente madura, empieza a romantizar la vejez y disfrazarla de sabiduría y dignidad.

—¡Pero la decrepitud no tiene nada de digno  ni sabio, es un error! —protestó indignada la Reina.

—Ellos creen otras cosas. Piensan que sin la muerte la vida no tendría sentido y si no envejecieran, la juventud no tendría el mismo valor.

—¡Decíle eso a un pobre moribundo! ¡Están atrapados en la Dualidad, es un horror!

—La Escuela de Bardos algún día pondrá fin a la Dualidad, los hombres que tomen éste camino podrán elegir y cambiar sus formas cuando ellos mismos lo decidan…

 —Pero ya muchos estudiantes están envejecidos y a punto de perder su lucidez… ¿No hay forma en tu antigua ciencia de revertir ese proceso?

—Todo es posible si se cree en ello, pero la creencia en la vejez y la muerte está muy arraigada en la memoria de esta gente como te dije…

—¿Y no habrá alguna manera de limpiar esa memoria?

—Ese es un pensamiento muy peligroso Su Majestad. Mi antigua civilización pereció por intentar algo así.  La división entre quienes querían interferir para ayudar a razas menos evolucionadas y aquellos que abogaban por dejarlas seguir su curso natural, fue la madre de todas las grietas y causó la mayor guerra que este mundo jamás conoció.

—Pero yo no propongo interferir con los pueblos vecinos. Sólo quiero darle una oportunidad a mis rescataditos aquí dentro de los muros, de tener una vida larga y saludable hasta que puedan liberarse por sí mismos de tan gran y cruel injusticia.

         Lehmar la miró con ojos compasivos y se quedó en silencio unos instantes. Finalmente, dejó escapar un suspiro y le respondió:

—Desgraciadamente no hay forma de borrar esa memoria profunda sin borrar todos sus recuerdos. Pero como he dicho: creer es poder y si Su Majestad y el Bardo están de acuerdo…

Trascender con tu obra o que tu obra te trascienda…?

“Tengo el presentimiento de que muerto seré más y mejor conocido que vivo” fue una de las palabras del poeta Bécquer a un amigo en su lecho de muerte. Y efectivamente, quizás por un inesperado don profético de Bardo que se adelantó en el camino hacia el Vate, o también probablemente debido a su cruda experiencia como escritor, habiendo tenido que soportar todo tipo de trabajos precarios en vida para sostener su existencia y mantener latiendo a su arte, una vez muerto y gracias a los esfuerzos de sus amigos por publicar sus obras completas en 1871, el autor de las hermosas Rimas y Leyendas, alcanzó finalmente la fama como poeta universal y no hay quien ame la poesía que no se haya conmovido al menos una vez en su adolescencia con sus versos llenos de amor, dolor y esperanzas. Hace unos minutos había escrito aquí muchas cosas más y un movimiento torpe intentando poner un hashtag me borró todo el contenido. Pero básicamente, les decía que pese al fuego de nuestros sueños como escritores, la mayoría estamos probablemente condenados en el mejor de los casos, a trascender en forma póstuma y muchos en el camino serán olvidados y las copias de sus libros irán desapareciendo hasta la extinción total… Cuando publiqué Aniledah hace 6 meses, creía con pasión que su mensaje sería como un tsunami o una tempestad que se esparciria por el propio peso de su verdad tras un pequeño impulso inicial de mí parte. Hoy debo conformarme con ese goteo lento y constante que milagrosamente ha logrado filtrarse a través de las paredes de la Matrix en la cual estamos atrapados y confío que con el tiempo, en que esas gotas le harán una hermosa y pintoresca mancha de humedad. Ayer leía sobre una chica de mí país que admira una de las hijas de Tinelli y que hace también 6 meses subió una canción de trap a Spotify y hoy tiene 15 millones de seguidores aquí mismo. No quise juzgar ni infravalorar su arte pero me preocupe de verdad, mi mente entendió gracias a su canción qué es lo que ocurre con este mundo, creo que mi chip mental está agotado, se saturó y se quemo y ya no me sirve para entender muchas cosas del mundo actual… M.L.Inver

Presentación de la novela Aniledah en la Casa de Cultura de Villa Adelina

Hola! El próximo sábado 14 de diciembre, estaré presentando mi novela Aniledah, el Conjuro del Bardo junto a otros escritores locales en la Casa de Cultura de Villa Adelina, sita en Av. de Mayo 964 de la localidad de Villa Adelina, Partido de San Isidro. La convocatoria es a partir de las 16:30 y el evento comenzará a las 17 horas. Los espero y desde ya estaré firmando ejemplares para todos los que lo deseen!

La llegada del unicornio

Los Bardos de Aniledah tienen su escuela en la Torre Redah. Allí también está el salón de ceremonia y los establos reservados para los unicornios. Cada vez que un nuevo estudiante  es iniciado, un unicornio cruza el portal y viene a llevárselo hacia el mundo de las criaturas mágicas. Las mujeres del reino rara vez se involucran en los asuntos de los Bardos y en general viven apartadas de los hombres. Pero había una niña que tenía sus propias ideas.    

         Rifina no era mucho más grande que su gata, así que entró sin problemas por el agujero en la pared de la Torre Redah.

          —¿Estás segura que por aquí podemos llegar al establo de los unicornios?

         —¡Miau, sí! Conozco muy bien el camino!

         —¿Pero les vistes?

         —¡No, miau! Yo vengo a cazar lauchitas, no me fijo en los unicornios.

         —¡Pero son grandes! ¿Cómo no los vas a ver?

         —Es que no están casi nunca. Pero ellos siempre acuden cuando se ordena un nuevo Bardo, miau.

         —¡Sí, sí! Pronto amanecerá, los Bardos los invocan con sus cantos en el momento justo en que la oscuridad da paso al día ¡Me lo dijo la mismísima Matriarca Atrim en secreto! Igual, yo creo que los bardos son unos mentirosos. —dijo Rifina a su gata.

         —¿Por qué? ¿Miau? —preguntó Lolith, que así se llamaba la gata.

         —¡Porque no conozco a ninguna mujer que haya visto un unicornio y nosotras somos mucho mejores que ellos!

         —¡Ustedes son mucho más fuertes pero los portadores son más buenos para abrir portales, miau!

         —Ellos no son buenos para nada, no sobrevivirían un minuto fuera de los muros sin nuestra protección. Si sirven para abrir portales debe ser porque se llaman “por…tadores” —dijo entonces riéndose.

—¿Pero creés o no, en los unicornios, miau?

         —¡Claro que creo! Pero se extinguieron hace mucho, en la era de los hombres. —dijo Rifinah con la mirada triste y fastidiada a la vez.

         —¿Los hombres? ¿Te referís a los antiguos portadores, miau?

         —¡Sí! Pero no repitas nunca ese nombre, está prohibido. Ya ni en las escuelas se lo enseña, lo aprendí de los viejos libros de la biblioteca de mi Casa.

—Miau, los gatos no tenemos tan malos recuerdos de esa época pero sí sabemos que había gente muy mala y que lo destruyeron todo casi, miau… ¿Pero si no crees que queda ningún unicornio, para qué me hiciste traerte hasta acá, miau? —preguntó Lolith forzando una mueca para ilustrar su confusión.

         —¡Porque no soporto que nadie me engañe y si compruebo que es todo una mentira, pienso denunciarlos a la Matriarca! —protestó Rifinah con indignación.

         La gata se encogió de hombros a su manera y cruzaron un amplio patio hasta que llegaron a los establos. Los bardos ya habían preparado los fardos de las más exquisitas variedades y varios toneles de agua fresca recién traída del arroyo Lenuth. Por suerte, no había nadie para interrumpirlas con preguntas incómodas. Dentro del reino, las mujeres no tenían prohibido el acceso a los espacios de los portadores como ellos sí de las mujeres, pero por una cuestión de respeto hacia el culto de Awen, los Bardos tenían asignados sus espacios personales, donde podían vivir a sus anchas alejados de las miradas de las mujeres. De todos modos, a ninguna aniledense le importaba meter sus narices en cuestiones de portadores. Sólo Rifinah tenía aquella curiosidad.

         —¿Escuchas los cánticos? ¡Parece que llegamos en el momento justo, miau!

         —¡Yo no escucho nada! ¡No me estarás mintiendo tú también, Lolith! —le respondió la niña frunciendo el ceño.

         —¡Miau! ¡Las criaturas parlantes no mentimos! Olvidé que tu oído no es tan sensible, miau… sigamos avanzando, falta poco para llegar al salón.

         El salón era una nave de una altura de tres pisos y en la parte superior estaba rodeada de grandes y coloridos ventanales de vitreaux. Lolith trepó por unas enredaderas hasta donde estaban los balcones que daban a los ventanales y su amiga humana la siguió sin problemas, ya que como todas las aniledenses, era muy diestra y guerrera. Cuando alcanzaron uno de los balcones, encontraron un espacio faltante de vidrio y tras escabullirse en el salón bajando por una columna cubierta por telas, se escabulleron dentro del salón sin hacer ningún ruido. Entonces Rifinah logró escuchar los cánticos y se sorprendió por la gran variedad de tonos y pintorescos sonidos que salían de las gargantas de los bardos.

         —¡Miau! ¡Ahí está! —exclamó la gata señalando un punto en el salón.

         —¿Dónde? —exclamó Rifinah dejando escapar un pequeño grito de emoción. —¡No veo ningún unicornio!

         —¡Miau, no! ¡Es el portal, ya se está abriendo, mira atentamente esa bruma en  el medio…!

         Rifinah intentó enfocarlos ojos pero lo único que vio fue a los bardos allí de pie, mirando sorprendidos a su gata y a ella fisgoneando. Su rostro se puso rojo en el acto y cuando uno de los bardos estaba a punto de decirle algo, empezó a correr a ciegas en línea recta sin darse cuenta que iba directo hacia el portal. En un instante, todo a su alrededor desapareció y se transformó en una densa bruma.

         —¿Qué haces aquí niña? —le preguntó entonces una cálida voz.

         Al principio Rifinah no logró ver nada porque una luz intensa cegó su vista en cuanto la bruma finalmente se despejó. Se cubrió los ojos y se los restregó varias veces y muy lentamente empezó a abrirlos de nuevo. Lo primero que vio fue unos ojos enormes, llenos de brillo, parecía una doncella de Aniledah pero su piel era mucho más clara y fosforescente, de tono azulado y en su frente, una gema brillaba de modo intenso y empezó a extenderse hacia afuera hasta dar forma a un hermoso cuerno perlado. Entonces todo se hizo claro y Rifinah pudo ver a su alrededor una hermosa y florida pradera y por encima de las matas de hierbas, infinidad de pequeñas luces asomándose tímidamente hasta cobrar la forma de pequeñas mujeres de cabellos plateados y dorados, flotando en el aire con diminutas y sutiles alas, que se movían como pequeños colibríes.

         —¡Miau! ¡Qué susto nos has dado! —dijo entonces Lolith que apareció súbitamente a su lado. —Este mundo es inmenso, ven conmigo, no vaya a ser que te pierdas. —añadió la gata parándose sobre sus dos patitas traseras y tomando uno de los dedos de la niña con sus felinas fauces.

         —Ven, yo también te guiaré de regreso. —dijo la mujer del cuerno perlado con extrema calidez y dulzura en su voz, tomando la mano derecha de la sorprendida niña.

         Cuando volvieron a entrar en la bruma, tras un instante de oscuridad, el salón de ceremonias volvió a aparecer ante los ojos atónitos de Rifinah. A su izquierda seguía erguida sobre sus dos patitas su gata Lolith. Sintió que la mano de la mujer perlada a su derecha se escurría y de repente, se sentía como si sostuviese una larga madeja de pelo. Al girar su mirada, un inmenso y maravilloso unicornio resplandecía y llenaba con su brillo el salón. Cuando el unicornio giró su cabeza y se paró frente a ella con aire majestuoso y mirada penetrante, Rifinah reconoció en aquellos ojos preciosos y únicos, a la extraña guía que la trajo de regreso. A partir de ese momento, sintió en su corazón que jamás permitiría que nadie volviera a dudar de la existencia de los unicornios, ahora sabía que ellos finalmente habían regresado y los Bardos no le habían mentido y juró protegerlos para siempre de allí en más.     

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