La llegada del unicornio

Los Bardos de Aniledah tienen su escuela en la Torre Redah. Allí también está el salón de ceremonia y los establos reservados para los unicornios. Cada vez que un nuevo estudiante  es iniciado, un unicornio cruza el portal y viene a llevárselo hacia el mundo de las criaturas mágicas. Las mujeres del reino rara vez se involucran en los asuntos de los Bardos y en general viven apartadas de los hombres. Pero había una niña que tenía sus propias ideas.    

         Rifina no era mucho más grande que su gata, así que entró sin problemas por el agujero en la pared de la Torre Redah.

          —¿Estás segura que por aquí podemos llegar al establo de los unicornios?

         —¡Miau, sí! Conozco muy bien el camino!

         —¿Pero les vistes?

         —¡No, miau! Yo vengo a cazar lauchitas, no me fijo en los unicornios.

         —¡Pero son grandes! ¿Cómo no los vas a ver?

         —Es que no están casi nunca. Pero ellos siempre acuden cuando se ordena un nuevo Bardo, miau.

         —¡Sí, sí! Pronto amanecerá, los Bardos los invocan con sus cantos en el momento justo en que la oscuridad da paso al día ¡Me lo dijo la mismísima Matriarca Atrim en secreto! Igual, yo creo que los bardos son unos mentirosos. —dijo Rifina a su gata.

         —¿Por qué? ¿Miau? —preguntó Lolith, que así se llamaba la gata.

         —¡Porque no conozco a ninguna mujer que haya visto un unicornio y nosotras somos mucho mejores que ellos!

         —¡Ustedes son mucho más fuertes pero los portadores son más buenos para abrir portales, miau!

         —Ellos no son buenos para nada, no sobrevivirían un minuto fuera de los muros sin nuestra protección. Si sirven para abrir portales debe ser porque se llaman “por…tadores” —dijo entonces riéndose.

—¿Pero creés o no, en los unicornios, miau?

         —¡Claro que creo! Pero se extinguieron hace mucho, en la era de los hombres. —dijo Rifinah con la mirada triste y fastidiada a la vez.

         —¿Los hombres? ¿Te referís a los antiguos portadores, miau?

         —¡Sí! Pero no repitas nunca ese nombre, está prohibido. Ya ni en las escuelas se lo enseña, lo aprendí de los viejos libros de la biblioteca de mi Casa.

—Miau, los gatos no tenemos tan malos recuerdos de esa época pero sí sabemos que había gente muy mala y que lo destruyeron todo casi, miau… ¿Pero si no crees que queda ningún unicornio, para qué me hiciste traerte hasta acá, miau? —preguntó Lolith forzando una mueca para ilustrar su confusión.

         —¡Porque no soporto que nadie me engañe y si compruebo que es todo una mentira, pienso denunciarlos a la Matriarca! —protestó Rifinah con indignación.

         La gata se encogió de hombros a su manera y cruzaron un amplio patio hasta que llegaron a los establos. Los bardos ya habían preparado los fardos de las más exquisitas variedades y varios toneles de agua fresca recién traída del arroyo Lenuth. Por suerte, no había nadie para interrumpirlas con preguntas incómodas. Dentro del reino, las mujeres no tenían prohibido el acceso a los espacios de los portadores como ellos sí de las mujeres, pero por una cuestión de respeto hacia el culto de Awen, los Bardos tenían asignados sus espacios personales, donde podían vivir a sus anchas alejados de las miradas de las mujeres. De todos modos, a ninguna aniledense le importaba meter sus narices en cuestiones de portadores. Sólo Rifinah tenía aquella curiosidad.

         —¿Escuchas los cánticos? ¡Parece que llegamos en el momento justo, miau!

         —¡Yo no escucho nada! ¡No me estarás mintiendo tú también, Lolith! —le respondió la niña frunciendo el ceño.

         —¡Miau! ¡Las criaturas parlantes no mentimos! Olvidé que tu oído no es tan sensible, miau… sigamos avanzando, falta poco para llegar al salón.

         El salón era una nave de una altura de tres pisos y en la parte superior estaba rodeada de grandes y coloridos ventanales de vitreaux. Lolith trepó por unas enredaderas hasta donde estaban los balcones que daban a los ventanales y su amiga humana la siguió sin problemas, ya que como todas las aniledenses, era muy diestra y guerrera. Cuando alcanzaron uno de los balcones, encontraron un espacio faltante de vidrio y tras escabullirse en el salón bajando por una columna cubierta por telas, se escabulleron dentro del salón sin hacer ningún ruido. Entonces Rifinah logró escuchar los cánticos y se sorprendió por la gran variedad de tonos y pintorescos sonidos que salían de las gargantas de los bardos.

         —¡Miau! ¡Ahí está! —exclamó la gata señalando un punto en el salón.

         —¿Dónde? —exclamó Rifinah dejando escapar un pequeño grito de emoción. —¡No veo ningún unicornio!

         —¡Miau, no! ¡Es el portal, ya se está abriendo, mira atentamente esa bruma en  el medio…!

         Rifinah intentó enfocarlos ojos pero lo único que vio fue a los bardos allí de pie, mirando sorprendidos a su gata y a ella fisgoneando. Su rostro se puso rojo en el acto y cuando uno de los bardos estaba a punto de decirle algo, empezó a correr a ciegas en línea recta sin darse cuenta que iba directo hacia el portal. En un instante, todo a su alrededor desapareció y se transformó en una densa bruma.

         —¿Qué haces aquí niña? —le preguntó entonces una cálida voz.

         Al principio Rifinah no logró ver nada porque una luz intensa cegó su vista en cuanto la bruma finalmente se despejó. Se cubrió los ojos y se los restregó varias veces y muy lentamente empezó a abrirlos de nuevo. Lo primero que vio fue unos ojos enormes, llenos de brillo, parecía una doncella de Aniledah pero su piel era mucho más clara y fosforescente, de tono azulado y en su frente, una gema brillaba de modo intenso y empezó a extenderse hacia afuera hasta dar forma a un hermoso cuerno perlado. Entonces todo se hizo claro y Rifinah pudo ver a su alrededor una hermosa y florida pradera y por encima de las matas de hierbas, infinidad de pequeñas luces asomándose tímidamente hasta cobrar la forma de pequeñas mujeres de cabellos plateados y dorados, flotando en el aire con diminutas y sutiles alas, que se movían como pequeños colibríes.

         —¡Miau! ¡Qué susto nos has dado! —dijo entonces Lolith que apareció súbitamente a su lado. —Este mundo es inmenso, ven conmigo, no vaya a ser que te pierdas. —añadió la gata parándose sobre sus dos patitas traseras y tomando uno de los dedos de la niña con sus felinas fauces.

         —Ven, yo también te guiaré de regreso. —dijo la mujer del cuerno perlado con extrema calidez y dulzura en su voz, tomando la mano derecha de la sorprendida niña.

         Cuando volvieron a entrar en la bruma, tras un instante de oscuridad, el salón de ceremonias volvió a aparecer ante los ojos atónitos de Rifinah. A su izquierda seguía erguida sobre sus dos patitas su gata Lolith. Sintió que la mano de la mujer perlada a su derecha se escurría y de repente, se sentía como si sostuviese una larga madeja de pelo. Al girar su mirada, un inmenso y maravilloso unicornio resplandecía y llenaba con su brillo el salón. Cuando el unicornio giró su cabeza y se paró frente a ella con aire majestuoso y mirada penetrante, Rifinah reconoció en aquellos ojos preciosos y únicos, a la extraña guía que la trajo de regreso. A partir de ese momento, sintió en su corazón que jamás permitiría que nadie volviera a dudar de la existencia de los unicornios, ahora sabía que ellos finalmente habían regresado y los Bardos no le habían mentido y juró protegerlos para siempre de allí en más.     

Publicado por Aniledah

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